martes, 22 de mayo de 2018

Pequeños sueños


–Ese señor no es nada tuyo y vete que estoy ocupada –gritó la abuela. Giré en redondo y salí de la cocina. Cómo que no es nada mío. Y no me dejó terminar lo que le estaba contando. Qué pasará cuando ese señor –mi papá– toque el timbre más tarde.

–Pásame la sal, por favor –evité mirarla. Seguro me decía que tampoco estoy emparentado con el salero. Almorcé rápido, pero no pedí permiso para retirarme. El abuelo tocó mi brazo, sabía bien cuándo debíamos alejarnos en silencio. Como ninjas.
– ¿Te acuerdas de tu mamá? –preguntó mientras salíamos al patio.
–No –cogí dos bancos. Puse uno cerca al lavadero. Yo me acomodé al costado. El abuelo prendió su cigarro del almuerzo. Se sentó y soltó una densa bocanada.
–La verdad, tu madre es una egoísta. Quizá esperaba mucho más de la vida, aunque tu abuela quiera creer otra cosa. Si le comentas que dije eso lo voy a negar, eh, como hizo Alan con el asunto de los penales.
– ¿Y sabes dónde está?
–La última vez escribió desde Montevideo, en Uruguay.
– ¿Y estás seguro de que no piensa volver?
–No lo sé hijo, pero no quiero mentirte, me parece muy difícil que lo haga –dio una calada fuerte, apagó el pucho en la suela del zapato y lo metió en el bolsillo de la camisa. Me quedé viendo la nube plateada hasta que desapareció por completo.
Al entrar, el abuelo fue a la sala a prender el televisor. Yo fui corriendo a ducharme, solo faltaban unas horas para que llegara ese señor. –Mi papá–.
No dejé el peine hasta tener todos los pelos en su sitio. Saqué del botiquín el pomo de Old Spice. No fue fácil destaparlo. Olía fuerte. Igual me pasé la loción por la cara como hacía el abuelo. Bajé a la sala. Me acomodé en el sillón grande. La abuela me ojeó de arriba abajo.
– ¿Por qué te has puesto la ropa de misa? –también me olfateó–. ¿Y te has echado la colonia de tu abuelo?
–Ya Dominga, no lo fastidies. Un hombre debe estar elegante para los eventos importantes.
–Y qué tiene de importante la visita de ese calapitrinche –la abuela recogió su canasta de lanas y nos dejó solos. El abuelo giró el índice sobre su sien y me guiñó el ojo.

No tiene nada. Nada, nada. Mala suerte, señora –Tribilín se lleva a la señora–. Me quedo con el hombre quieto y con este que es alegre de corazón –lo flanquean un hombre mayor y un muchacho–. Entonces, voy a este primero –Ferrando abre la lata y saca un papel en blanco–. ¡No tiene nada! –Carbajal coge la lata, guía al señor a un rincón–. Estás nervioso hermano –lo toma de los hombros–, pero por qué no quisiste cambiar. Es que no quise cambiar –al muchacho se le quiebra la voz–. Dame cien mil intis y cambiamos –el chico niega con la cabeza gacha–. Está bien que no cambies, hoy día tengo buen corazón, hoy día no quiero que nadie pierda. Agarra acá y yo agarro acá –saca los papeles de ambas latas y cada uno se queda con su papel–. Lee, a ver qué dice ahí. Una caja grande de leche –dice el muchacho–. Yo, un millón de intis. Un millón de intis. Aplausos”.

Mi abuelo se lleva las manos a la cabeza. A mí me apena el muchacho, pero él recibe su caja de leche con mucho entusiasmo, como si ganar el millón no hubiera sido su objetivo desde un principio. Volteo hacia la ventana y todavía es temprano. El abuelo se pone de pie.
–Ven, vamos a comprar el pan para el lonche.
–No. Y si llega y no me encuentra, se va a ir.
–Tu abuela se encarga. Estará loca, pero no es maleducada. Vamos, ponte la casaca.
El abuelo camina despacio, aunque no sea su costumbre. Yo voy con la cabeza volteada hasta que pierdo de vista nuestra casa. La calle está desierta. A lo lejos noto que una larga cola sale de la panadería y bordea la esquina. Mi abuelo pasa saludando a todos. Me toca el hombro para que haga lo mismo. No le hago caso, prefiero mirar el piso hasta que nos acomodamos al final.
Cómo no lo vi antes, a todos en la fila le sobran arrugas y le faltan dientes. Vivo en un barrio lleno de ancianos. Estos viejos parecen felices reunidos un sábado a la tarde en la panadería, esperando por sus diez panes populares con su cuarto de mantequilla. Porque más, tampoco se le ocurre vender a nadie.
El olor del pan recién hecho me distrae por un momento, pero enseguida vuelvo a mis pensamientos, ese señor –mi papá– dijo que vendría por la tarde y en vez de estar en la casa para recibirlo mi abuelo me trae a comprar pan. Si él se molesta conmigo, yo me molesto con el abuelo y le echo toda la culpa.
– ¿Qué pasó, ya te olvidaste de saludar? –me reclama el abuelo cuando nos alejamos de la panadería.
–Es que no tenía ganas de estar allí.
–No me interesan tus ganas, los buenos modales son muy importantes adonde sea que vayas. Que sea la última vez que te portas así.

La abuela había regresado al sillón. Tenía el televisor sin volumen, algo raro, porque a Ferrando es imposible verlo sin escucharlo. El abuelo se quedó al pie del umbral, le dio una mirada quieta a la abuela. A mí. Me saqué la casaca, la puse en el perchero. Iba a subir el volumen del televisor cuando se apagó solo. El abuelo presionó el interruptor de la pared y las luces no prendieron.
–Anda, busca las velas y después preparas la mesa para el lonche –fui corriendo a la cocina y tropecé con el estante–. Caramba, hijo. Despacio.

domingo, 10 de diciembre de 2017

My hero

Vine buscando alejarme del desprecio, como chichero no podía ganarme el pan. En el país de las oportunidades, la última que tuve fue Vietnam. Afortunadamente mi M16 no se trabó, pero igual perdimos la guerra. Mi vecino dice que por culpa de los universitarios, los comunistas y Jane Fonda.

viernes, 15 de noviembre de 2013

30) Like a stone

Al menos me dejaron los riñones. La cama. El fijo.

El departamento se ve grande, no recordaba que lo fuera. No creo que sirva poner una denuncia, si no pudieron encontrar a Teresa, mucho menos mis muebles.

Mi padre muerto. Mi novia con mi hija o hijo, desaparecidos. Desempleado nuevamente. Ahora víctima de robo. ¿Qué más faltaría para terminar apoteósicamente este año? Las libretitas de Teresa se fueron en uno de los aparadores. Por el momento el recuerdo es lo único que me queda de ella, hasta que el tiempo se lo lleve también.

— ¿Los vecinos no vieron nada? —preguntó Ganoza al encontrarse con el departamento vacío.
—Creyeron que me estaba mudando. Aunque en ningún momento me vieron cerca del camión de mudanza.
—Tal vez lo que voy a decir te haga sentir mejor —cogió las guías de debajo del fijo, se acomodó en un rincón—. Primero, mis sinceras disculpas por el inútil viaje que hicimos a la Argentina. Segundo, pienso que estamos enfocando mal nuestra investigación.
— ¿Cómo así?
—Me parece que el verdadero responsable nos ha hecho creer que Carlos y su padre son los perpetradores de la desaparición de tu novia.
— ¿Y quién puede ser? —ahora sí tenía algo interesante qué decir este detective de cuarta.
—Alguien que se ha mantenido al margen desde el principio. La madre. Tú sabías de la pésima relación que mantenían. Y averiguando en el colegio sobre el accidente que tuvo Teresa, supe que la señora se quedó a solas con ella antes de que todo ocurriera. En la historia clínica se habla de un extraño hematoma en la nuca que no parece resultado de la caída. Carlos también me comentó que en ocasiones ambas se fueron a las manos, por eso y porque la mayoría de veces que nos reunimos la señora nunca estuvo presente, creo que es la principal sospechosa.

domingo, 7 de julio de 2013

lunes, 13 de mayo de 2013

29) 3 a.m.

— Hola Uno, disculpa que te llame a estas horas, pero hemos llevado a papá de emergencia a la clínica y acaba de fallecer —me dio pena Fernando. Él tan abatido y yo sintiéndome incomodo en el teléfono, sin saber en qué momento cortar.

La relación que tuve con mi padre siempre fue distante, nunca fue un tipo afable. Creo que con Fernando trató de hacerlo mejor. Aunque más obligado por Glorieta que por iniciativa propia. Ella quería formar una familia y conmigo, la sombra del primer compromiso, parecía algo difícil de conseguir. Entonces, aprovechando la personalidad de los Valdivia, pudo hacerme a un lado hasta sacarme de la foto.

El velorio fue una cosa de locos. Una señora me exigió ver su brazo erizarse, luego dijo que el alma de mi padre estaba en la habitación y que se comunicaba a través de ella. Otro tipo me pidió la plata que le debían y que yo debía reponer por ser el primogénito, lo mandé a la mierda y me fui a emborrachar por ahí.

En Lince un bar llamó mi atención porque la misma clientela, por un sol, ponía la música que quería. Me apoderé de la máquina y puse todo el repertorio que quise hasta que una chica me pidió que no siguiera deprimiendo a los pocos que quedaban. Me senté con ella y su amiga. Cuando pasaban de las 8 de la mañana, todos se habían marchado, incluida la amiga. Fuimos a mi casa y después no supe nada de nada.

viernes, 1 de marzo de 2013

28) Algo mejor que hacer

Qué tan difícil sería que hoy lloviera en Buenos Aires. Pasear por la calle mojándome hasta los huesos, pensando en tantos problemas y que de manera sorpresiva encontrase la solución. Así sucede en la series de televisión, los personajes pasan por situaciones paupérrimas, pero van con la única certeza de que son realmente buenos en lo que hacen y en ese momento la vida cobra verdadero sentido.

Creo que tuve una sobredosis de irrealidad anoche que no podía dormir y me la pasé viendo series por cable. Ganoza roncaba plácidamente y yo no dejaba de pensar en los lugares que visitaríamos, donde encontraríamos, supuestamente, a Carlos. Teníamos un par de datos que según los contactos de Ganoza eran fijos.

Nuestra primera visita era en un edificio que quedaba entre Bartolomé Mitre y Talcahuano. Nosotros estábamos hospedados en el hostel Rayuela, por la 9 de Julio, y de ahí era relativamente cerca. Salimos después de desayunar. Ganoza iba tranquilo aunque un poco lento, me había olvidado de su cojera, entre eso y lo que pensaba hacer al ver a mi cuñado, me ponía más nervioso.

Nos recibió una vieja de ascendencia oriental que al darse cuenta de que éramos limeños nos invitó a tomar el té. Ella era de Huaral y llevaba 25 años viviendo en Buenos Aires. Estuvimos un par de horas escuchando sus historias, cada una más aburrida que la otra, lo que sí era seguro es que la vieja no tenía idea de quién era Carlos. Ahí me arrepentí de haber hecho ese viaje. Una vez que llegamos al obelisco le dije a Ganoza que quería estar solo y me largué a caminar sin tener un rumbo preciso.

La vida es solo una carretera solitaria y estoy aquí afuera en el descampado. Esas y no sé qué más sandeces vociferaba Lenny Kravitz mientras me tomaba unas cervezas en un bar que encontré por Reconquista. Cuando llegué al hostel, Ganoza parecía preocupado, como me sentía embotado simplemente me recosté. A la mañana me comunicó que sus contactos le dijeron que Carlos viajó a Colombia. Ganoza es usted un reverendo imbécil, pensé en decir. Solo llamé a la aerolínea y busqué los vuelos más próximos.

viernes, 13 de julio de 2012

El último de la fila

Nos topamos con Saúl Hernández en el pasillo que daba a la dirección. Caminaba con la vista pegada al suelo, como si la insania del mundo se encontrara ahí y él, afanoso, tratara de comprenderla. Era menudo, de flequillo tieso y un fuerte olor a limón. Apenas chocó con el hombro de Gonzáles se fue al suelo en cámara lenta, provocando las carcajadas de los tardones a la primera clase de la mañana.
Lo habría ayudado, pero cuando lo tenías al frente solo te provocaba fastidiarlo. Gonzáles me preguntó desde cuándo iba con enfermín, así le decía todo el colegio al padre-director. Me encogí de hombros. Sabíamos bien que no era una fiesta estar a solas con él.
El reverendo padre Fermín Trelles además de encargarse del colegio también dirigía, con mediano éxito, nuestro coro que ya contaba con tres discos de villancicos. Los que cada navidad mi abuelo, papá o Gloria ponían orgullosos, como si hubieran tenido alguna participación especial en la grabación. Siempre me insistieron para que lo integrara sabiendo que no poseía ninguna habilidad vocal, solo lo hacían para presumirle a sus amistades que en la familia tenían al sucesor de Raphael.
Saúl vivía a la vuelta de mi casa y era conocido como el niño rata, perro triste o por cualquiera de sus miles de apodos, pero no por su nombre. Sin embargo, a quien todos conocían muy bien era a su abuela Victoria o la loca Vicky. Ya sea porque les desinfló una pelota, porque lo agarró a escobazos después de soltar una grosería o cuando sorprendió a su nuera tirando con el amante y los echó calatos a la calle. También porque los hijos de la señora Victoria eran dos de los delincuentes más avezados del Rímac y, quién sabe, de toda Lima.
La señora Victoria argumentaba que había educado a sus críos bajo una estricta formación católica para que fuesen personas de bien, pero que las malas compañías terminaron corrompiéndolos. Entonces decidió mantener a su nieto aislado del resto del mundo. Salvo por las clases en nuestro prestigioso colegio, Saúl no podía relacionarse con nadie que su abuela no aprobara previamente. Además de ese cerquillo tieso con olor a limón, los cien detentes prendidos en su pecho, sus ensayos a puerta cerrada con el padre-director; nadie sabía a ciencia cierta qué más ocurría en la vida del niño rata.
Una actividad frecuente del padre enfermín era su vuelta por las aulas acompañado de Simón. Barra de madera de unos sesenta centímetros de largo por diez de ancho que usaba para disciplinarnos. Deslizándose cual gacela trataba de sorprendernos y cuando lo conseguía solo señalaba a los infractores. A la hora del recreo, y en mitad del patio, todos éramos testigos, o víctimas, de la furia de Simón.
Otra actividad, y la que pienso disfrutaba más, hacer amistad con los alumnos destacados en deportes. Verlos salir un día cualquiera montados en su cuatro por cuatro rumbo a la playa, o a un club en Chosica o Chaclacayo, no era raro. En la primaria parecía fascinante pertenecer a esa pequeña hermandad. Ya en secundaria, celebré mi condición de alumno mediocre debido a la mala actitud que todos los deportistas desarrollaron después de tanto viaje.
Una mañana ploma tropecé con Saúl y casi soy yo quien besa el suelo. Iba de un lado a otro del pasillo repitiendo frases que no pude entender. El colegio festejaba un aniversario más de su santo patrón y al mediodía debíamos estar en la capilla para la misa de celebración. Era normal escuchar, escaleras abajo, el griterío que armaban los que llegaban primero. Sin embargo a medida que subía, el silencio dominaba el ambiente.
Alguien había profanado el sagrado altar del padre Fermín Trelles rompiendo la cabeza de nuestro santo patrón y escribiendo en las paredes con pintura roja: enfermín cacha cabros.
Me quedé en el umbral observando el desastre. De pronto Gonzáles empezó a hacer muecas como chimpancé, no entendía su desesperación hasta que el profesor Abdón vio las manchas rojas en mi chompa y, como señora a la que le roban la cartera, gritó: ¡Alto ahí, ! ¡Deténganlo! Fui apresado por un par de grandulones de quinto que me llevaron de inmediato a la dirección.
En la fría oficina pensaba en cómo diablos me pude manchar, también en que me faltaban las marrocas para mejorar la escena. A continuación aparecieron imágenes detalladas de mi tropiezo con Saúl. Hasta que llegó enfermín y tiró la puerta. Durante dos semanas el alumnado en pleno presenció mis conversaciones con Simón, y de Saúl no volvimos a ver ni el cerquillo tieso ni su cara de rata asustada.
Cuento publicado en el libro Abuelos Y Nietos Relatos de Buenos Aires, Argentina Julio 2012